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Apolo, el Sol PDF Imprimir E-Mail

Ser elegida como amante por el Rey del Olimpo era un privilegio; no obstante, si el idilio era descubierto por Hera, esas dulces horas de pasión en brazos del dios tenían consecuencias muy amargas, inclusive para las diosas.

A esto no escapó Latona, la diosa de las noches oscuras a quien “la celosa” no perdonó jamás que su marido sintiera predilección por el tálamo de la noche y no por el de ella. Como castigo la desterró de la morada celestial y la condenó a vivir en la tierra, no sin antes proferir terribles amenazas para quien osara ayudarla. Latona anduvo vagando por mucho tiempo, pero no estaba sola pues albergaba en su interior a los hijos que el oráculo había pronosticado que serían dioses muy poderosos.

Cansada y sedienta, se acercó a un estanque para refrescarse. A punto estaba de beber, cuando unos hombres que seguían las instrucciones de Hera se introdujeron en el agua y movieron todo el lodo del fondo hasta hacerla imbebible. Esto provocó la ira de Latona, quien llena de lágrimas suplicó a Zeus un terrible castigo para los crueles mortales.  El Gran Padre no tardó en responder y sin demora transformó a esos hombres en ranas gigantes, las cuales estarían condenadas a permanecer en el lodo.

Para protegerla de la furia de su temperamental esposa, Zeus transformó a Latona en loba. Bajo esa apariencia caminó durante doce días hasta llegar, con la ayuda de Neptuno, hasta la isla de Delos. Allí nacieron Apolo y Diana. Por la noche, bajo un resplandor plateado, alumbró a la niña quien rápidamente se volvió adulta y asistió a su madre, doce horas después, en el parto del Sol.




Apenas nació Apolo, la tierra de Delos se volvió dorada, los pájaros celebraron con sus cantos y la luz brilló todo el día. Satisfecho por sus nuevos hijos, Zeus les obsequió un carro con sus respectivos caballos y poderosos arcos y flechas, además de darles como misión recorrer todo su reino en turnos iguales.

Apolo creció rápidamente y con esa misma celeridad se convirtió en uno de los seres más hermosos. Asimismo, se instruyó en las artes del combate, de la curación, de la música, la poesía y la adivinación.
Su primera victoria fue cuando derrotó a Pitón, una enorme serpiente que devastaba la Campiña de Tesalia, centro espiritual de Grecia en la que se hallaba el templo que guardaba el gran oráculo. Después de este combate, Apolo fue nombrado como su principal guardián y poseedor del poder que todo lo sabe y todo lo ve. Por su destreza con la flauta y con la lira, este dios se ganó los favores y la protección de las Musas.

La belleza del dios Sol logró despertar fervientes pasiones tanto en diosas como en mortales, de las que emanaron hermosas criaturas. Clitia, una joven doncella mortal fue una de sus más fieles enamoradas. Cada día se levantaba muy temprano para vigilar el recorrido de Apolo hasta que él retornaba de sus labores. Ella se alimentaba sólo de suspiros e ilusiones que no eran correspondidas, por lo que en poco tiempo se consumió en una enorme pena de amor. Con el fin de evitarle la muerte, los dioses decidieron convertirla en girasol.

En otra ocasión, el radiante Apolo sería igualmente víctima del rechazo. Dafne era una ninfa hija del dios río Peneo, que custodiaba los bosques y que había hecho votos de castidad en honor de su señora Artemisa (Diana), Diosa virgen de la Luna y de la caza. Cierto día en que Apolo recorría el reino de su hermana, divisó a Dafne e inmediatamente quedó prendado de su belleza.



Con el fin de cortejarla le dirigió algunas palabras; sin embargo, la ninfa huyó dejando desconcertado al dios que no tardó en perseguirla e insistirle en que no le haría daño pues sólo deseaba amarla.  Pero Dafne no estaba segura de poder cumplir con sus votos, así que adelantó cuanto pudo en su carrera.


A punto estaba de ser alcanzada por Apolo cuando imploró ayuda a los dioses quienes actuaron de inmediato. Los pies de la ninfa se hundieron en la tierra, su torso y sus extremidades de transformaron en corteza, y de su larga cabellera brotó un frondoso follaje. Dafne se había convertido en el árbol de laurel.
 


A partir de ese episodio el dios Sol llevó sobre su cabeza una corona tejida con sus ramas y consagró al árbol como símbolo de la victoria.

Apolo tuvo una descendencia que, igual a la de su padre, fue producto de uniones con diosas y mortales. Entre sus hijos se cuenta a Esculapio, a quien él mismo instruyó en la medicina; Lino, el heredero de la música y de la poesía; Circe, una de las magas encargadas de ayudar a Odiseo en su regreso a Ítaca y Faetón, quien condujo el carro del sol.

El icono de Apolo es uno de los emblemas más admirados por el hombre. Los antiguos dedicaron en su honor el domingo, el Solis dies, el más resplandeciente de los días que componen la semana y el favorito de los mortales para disfrutar de las bondades del Sol.

Autor: Profa. Rosario Suárez
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La imagen representa la huida de Dafne del pintor A. Mingote
 
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