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Diana, la Cazadora PDF Imprimir E-Mail

Diana (Artemisa o Selene) tenía como tarea fundamental conducir el carro de la luna y proteger a los animales de los bosques, por lo que también era venerada como la diosa de la caza. A pesar de estar dotada de una increíble belleza, la cazadora no consintió jamás la unión matrimonial y cansada del asedio de sus pretendientes le solicitó a su padre que le permitiera permanecer soltera.


úpiter no se negó y la  integró al séquito de las diosas vírgenes. Pero su castidad no la privó del amor. Tal como lo hacía su hermano Apolo durante el día,  ella no apartaba la vista de la tierra mientras conducía su carro lunar. Una noche, mientras observaba cuidadosamente los bosques vio a Endimión, un joven pastor que dormía profundamente y cuyo rostro iluminado por los rayos de la luna encendió el deseo en ella.

En un incontrolable impulso bajó hasta él, se acercó suavemente y le dio un beso. Eso provocó que Endimión, aún somnoliento,  abriera los ojos y  descubriera la identidad de su enamorada, a lo que Diana respondió con una fulminante huida. Sin embargo,  Endimión volvió a dormirse pues pensó que sólo se había tratado de un dulce sueño. La sensación de ese beso permaneció  obsesivamente en la diosa, quien a partir de ese momento bajó noche tras noche para contemplar y acariciar  a su amado. De la misma forma, él decidió sumergirse en esos encuentros y tomó a los bosques como lecho
.

Tal fue el amor que Diana cultivó en su corazón que sintió pena de que Endimión envejeciera y le pidió a su padre que lo conservara por siempre así, joven y hermoso.

Nuevamente fue complacida por Júpiter quien accedió a la petición  con la única exigencia de que ella no quebrantara su juramento de castidad y procedió: emergió a Endimión en un sueño eterno y lo trasladó hasta una cueva que no podía ser localizada por ningún ser.
Allí conservó la Luna a su amor, en secreto y bajo la inconsciencia, pero eterno y puro, tal como ella debía permanecer.
Diana, tal cual la Luna, poseía un carácter cambiable. En ocasiones podía ser muy dulce, pero en otras implacable. Después de que ella realizaba su trayectoria nocturna se internaba en los bosques a descansar, a cuidar de sus criaturas y a compartir la caza con algunos dioses y mortales.

Un día luego de haber practicado con el arco y tras haberse  expuesto a los rayos del sol, Diana se dispuso a tomar un baño junto con su grupo de ninfas. Seguras de que nadie más estaba por el lugar,  las doncellas se desnudaron y se sumergieron en un manantial.

Acteón que también había estado cazando  ese día se sintió igualmente fatigado y se internó en el bosque procurando agua fresca. Tan pronto como se fue acercando al manantial donde estaban las ninfas y la diosa,  escuchó las risas juguetonas y sospechó de la fiesta, entonces caminó con sigilo y se escondió detrás de unas ramas para contemplar el espectáculo. Pero Acteón no imaginó la agudeza auditiva de la diosa quien inmediatamente lo descubrió perplejo ante la desnudez de las vírgenes.


Indignada y llena de ira le  arrojó un poco de agua y le ordenó que se fuera, no sin  antes advertirle que nunca se jactaría de haber visto desnuda a su señora. Apenas el cazador intentó mover sus piernas, se dio cuenta de que algo insólito le estaba sucediendo. Mientras que el agua que Diana le había arrojado recorría su cuerpo, él iba tomando la forma de un ciervo. 


Al mismo tiempo de su metamorfosis, Acteón escuchó los ladridos de sus perros de caza que se lanzaron salvajemente  sobre él y lo devoraron.

La diosa de la Luna contaba con un gran número de ninfas, todas hermosas, pero que debían permanecer tan vírgenes como su protectora. Sin embargo, Júpiter que no se resistía a los encantos del sexo opuesto, pasó por alto las condiciones de la corte de su hija y se las ingenió para seducir a Calisto.

Bajo la apariencia de un gran oso muy manso  el suspicaz olímpico visitaba los bosques en procura de la ninfa quien a pesar de los votos de castidad, no se resistió a los abrazos del tierno animal y consintió la unión.  Al poco tiempo,  mientras Diana se bañaba con sus doncellas notó la gravidez de Calisto  y enfurecida la convirtió en osa. Para evitar que la ira de su hija recayera sobre la ninfa,  Júpiter la ocultó hasta el momento en que ella dio a luz y luego la transportó junto con su hijo hasta el firmamento, dando origen a las constelaciones de la Osa Mayor y la Osa Menor.


Diana fue adorada por los mortales como la diosa de la Luna y de las “cosas salvajes”. Aunque no tuvo descendencia también se le veneró como la protectora de los partos, de los niños y de todos los animales que maman. Su variable temperamento originó los cambios de las fases lunares, con los que indicaba a los mortales cuáles eran los momentos más oportunos para realizar distintas actividades, entre ellas las del amor que era cuando más resplandecía. En su honor le fue dedicado el lunes, el Lunae dies,  el día en que ella nos alerta para que tomemos las armas e iniciemos la  caza  cotidiana de nuestros logros.

Autor: Profa. Rosario Súarez
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